-Papi, dame la mochila.

Y el flaco, sin buscar remedio, obedece.

La mirada de la madre buscó la mía repentinamente desafiante… luego regresó el gesto avergonzado. Las madres se saben sus abusos.

La mujer avanzó entre las sardinas de la custer para encontrarse con sus dos otros pequeños. La imaginé sola.

Dejó delante de mí a Papi, su hijo, ya casi de mi tamaño, quien se aferraba a un pasamano detrás del cobrador y miraba encorvado por la ventana la ciudad que otros como él están terminando de destruir.

Lo dejó para que contemple su futuro de intolerancia, de engreimiento. Futuro de flojo que empieza todo con entusiasmo y termina un tercio de ello porque el clima empeoró o se le rompió una uña. Uno de aquellos que piensa que está bien que robes mientras cumplas mínimamente tu trabajo porque no le interesa nada de lo que pase fuera de su cuerpo. Un anestesiado más por el azúcar y la tele. Otro que abandonará como lo abandonaron.

Bajé y el flaco, en su útero, sigue regodeándose entre la placenta. Olor de vísceras de sazón morena a la parrilla. Mientras esperaba mi porción con ansias, sentí en la nuca la mirada: coquetería de una joven matalascallando. Sola, pensé. Al instante, un acompañante masculino que mascaba aún su último trozo de carne se levantó del asiento. Ella que permanecía de pie, escoltándolo como en un daguerrotipo, le alcanzó apresurada una servilleta a los labios.

Era el mismo flaco que no podía cargar con su propio peso.

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