Fotografía de Rodrigo Moya
Fotografía de Rodrigo Moya
Ayer leí en el muro de Alicia Meza, a propósito de la partida de Gabo, una sensación que comparto:
“Es curioso, pero creo que si se muriera Mario Vargas Llosa no lo sentiría tanto como siento la muerte de García Márquez. Pero eso es algo muy personal, en realidad.”

Estas palabras hicieron eco en otros lamentos semejantes en las redes. Americanísima saudade porque la despedida se hace con la sonrisa dibujada en gratitud por el amor recibido. De Varguitas diremos que es correcto, efectivo pero seguirá siendo siempre un fútbol del hemisferio norte. Gabo, quien ganó el Nobel antes de que se lo entregaran a Obama, aprendió a contar de anónimos y destiló a partir de ellos un lenguaje para describirnos (que quizás algunos convirtieran en una retórica latinoamericana de lo anecdótico, lo exótico). Varguitas hizo lo propio pero desde el óvalo y la gente lo nota. Tengo la impresión de que es más chamba que genio. Amo sus arquitecturas que me hacen pensar en iglesias del medioevo pero me hubiera gustado menos su alineamiento a la diestra y su consecuente relación actual con el mercado del libro. García Márquez no se avergonzó de su terquedad y eso lo hace tan nuestro. Imagino que cualquier fulano o mengano hubieran querido tomarse unos tragos con él. No sé qué habrá pensado de Arguedas pero sospecho que no lo hubiera calificado de arcaico.

Porque Gabo fue de verdad, creo, la gente lo llora cantando hoy.

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