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Yo soy Máximo Damián Huamaní, el mencionado, el que pidió que tocara mi violín en su entierro. Ahí estuve, pues, tocándole Agonía, que es muy triste porque es la muerte del danzante. Huallpa wajai que le gustaba mucho cuando vivo.

El martes 2 lo vi. Teníamos cita en la Plaza San Martín, me estaba hablando de un libro quechua para hacer. En junio nomás, había llegado yo de Huarmillacta, Parinacochas, donde vive pura mujer, nomás. Él quería saber de eso. Interesado estaba. Muy interesado.

Yo llegué a Lima de mi pueblo San Diego de Ishua y a él recurrí, antes del Museo. Yo quería que me pasaran por televisión, él vio los danzantes y oyó mi violín. Nos hizo pasar por el canal de Educación Pública.

El 23 de noviembre estuvo en Balconcillo, calle Esmeraldas, ahí estábamos todos reunidos, los paisanos en la fiesta de San Diego de Ishua, fiesta de San Isidro labrador, el Grande. Con un cubano fue, que era su amigo y un francés y un tal Alejandro Ortiz, escritor decía que era. Ahí bailó don José María el huaino Karamusa que muy alegre es, alegre así, de alegría. Ahí vio a los danzantes ayacuchanos de mi pueblo danzar sobre el violín, sobre el arpa, sin romperlos, así, pies de seda, nomás.

De dónde para saber que se estaba despidiendo, estaba diciendo adiós al huaino. Don José María iba a almorzar a mi casa, a mi callejón de Pueblo Libre, él entraba nomás, qué importaban basura, moscas, pobreza. Comía mucho, almorzaba comida de mi pueblo, San Diego de Ishua, comía patasquita, harto, o tinke, que es un mezclado de habas, alverjas, queso, queso nomás le gustaba. Era bueno el doctor, he llorado su muerte, de a verdad, como lloramos en mi tierra, con lágrimas, no con fingimientos.

Con mi papá también era gran amigo, mi papá también es paisanito, lo llevaba al Bolívar, ahí comían, qué importa que oigan los gringos hablar quechua, hablan fuerte para que todos oigan. Mi papá no tiene noticia de esta muerte, pero lamento habrá cuando lo sepa.

Años, años que me llamaba, me hablaba, ven con tu violín, o yo voy a ir a tu casa, ahí lo esperaba en casa de mi tía Vicenta Santiago que tiene puesto de verdura en Pueblo Libre, yo le ayudo en eso; él quería ponerme  en algún puesto decente, mayordomo no, decía, un puesto, así de trabajador no de muchacho; aquí es muy difícil, injusticias son todas nomás, decía.

Yo ando solo, a veces los paisanos cuando hay fiesta, pero lo más del tiempo, solo, solo como huérfano. Ahí, me iba a buscarlo, nunca me dijo ándate ya, más bien me decía quédate y almorzábamos primero en Pueblo Libre, después en Santa Cruz, al último ya en Chaclacayo, su señora es testiga de sus alegrías, de sus pesares. Una vez estuvo muy alegre, en fiesta de Karguyoc, tomaba chicha con todos, sin escogimientos, contigo salud, con el otro, con los danzantes, con los que le decían salud doctor Arguedas; él tocaba el arpa, se hacía el que le sacaba dulzuras al arpa, mi compadre Guzmán López se reía de sus hechuras de caballero, de hombre bueno, paisano.

He de llevar este luto por seis meses, a la costumbre de mi pueblo San Diego de Ishua, pero qué, con esto no acabará mi pena. He sufrido bastante, he llorado, por qué no pues, él era como una familia.

Ese último día martes 2 que lo vi en Plaza San Martín, me dijo que lo iba a ver el viernes 5 a las siete en Pueblo Libre casa de mi tía Vicenta Santiago. Yo lo esperé con mi violín, quería preguntarme de quechua, harto le enseñé yo cosas que no sabía, quería saber del pueblo de pura mujer, pueblo parinacochano. Estaba ensayando en mi violín aires de danzantes de tijereas, dieron las ocho, las nueve, no llegó. Nunca tardaba, cumplido era él. A las diez mi tía me gritó que apague la vela, siempre tenía pena de mi cuartito ahí en la miseria, se quejaba, decía que así está destinado para nosotros los indígenas. Lo esperé mucho y sentí mucha pena.

Corazonadas, pues. Él no fue porque ya estaba peleando con la muerte, en el hospital. Al otro día, todo fue oscuro para mí, yo era su amigo, su violinista, por qué esa determinación, siento bastante, ahora me pareced que estoy desamparado aquí, solo.

Tomado de Cartas de José María Arguedas a Pedro Lastra. Edición, prólogo y notas de Edgar O´Hara. Santiago de Chile, Ediciones LOM, 1997. Pp.147-148

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