El misterioso “cineasta”, Sam Bacile dice haber recibido una donación de un puñado de judíos para hacer una película “Innocence of Muslim” que se burla ridículamente del Islam, de las creencias y, por lo tanto, de millones de personas. En las escenas, típicas de películas clase B, se deja ver un Mahoma caucásico torpemente disfrazado y haciendo de payaso al puro estilo de Adam Sandler o cualquiera de esos soldados del cine americano. No he tenido tiempo de corroborar lo que algunos medios dicen sobre el hecho de que el personaje del profeta en el film es el de un mujeriego corruptor de menores.

Las autoridades islámicas han apelado a la calma y la protesta pacífica pero ¿cómo “hincar” a millones de toros milenarios y no esperar una respuesta desmedida como los fatídicos eventos en la embajada norteamericana en Libia? Cualquiera que conoce un musulmán sabe lo serio que es el tema de su espiritualidad. Y hay que mirar desde qué mano es tirada esta piedra que desencadenó la avalancha de violencia. Es una mano blanca. Una acostumbrada a empuñar el arma para conseguir lo que quiere cueste lo que le cueste. Es un águila calva.

Un reciente ejemplo: Terry Jones, pastor/candidato a la presidencia de EE.UU. y quien se refiriera a la película en cuestión popularizándola, en marzo del año pasado permitió que se quemara un Corán en su iglesia, como parte de un plan que abiertamente promueve contra el Islam.

A mí me ha sonado siempre que este mecanismo de reducción burda que los estadounidenses han empleado contra todos sus “enemigos” o sus proveedores obligados de materia prima reflejaba muy bien este temor producto de su debilidad espiritual, de su falta de amor. Lo que no soporto, porque me atañe, es que inoculen este virus de odio en el mundo con el disfraz del entretenimiento, principalmente orientado a los más pequeños.

Los “miedos” de comunicación hacen aparecer a los árabes como salvajes y a los blondos diplomáticos invasores como víctimas. Y nuestros indefensos conciudadanos que no saben de la manipulación a la que son sometidos cada vez más furiosamente, aquellos que confían ciegamente en Google generan el efecto multiplicador.

Ahora, Sam Bacile, es inhallable. Se ampara en la nebulosa ambigua de sentido que, extrañamente en la época en que todo se puede saber desde una computadora, lo protege (a él y también a Steve Klein, productor de la película, veterano de Vietnam cuyo hijo fue severamente herido en Irak). Le Figaro de Francia propone que se trata un seudónimo, de un personaje inexistente haciendo eco al New York Times y también declara que, al parecer, los actores fueron embaucados y no conocían los detalles molestos de la película. Todos tienen las manos limpias… después de todo, es tan sencillo y americano apretar el detonador.

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