Amadamadre Bú solía decirme: A qué crías todos esos libros viejos humedecidos en el granero? Por qué razón del demonio los siembras en los maceteros? Yo sé a qué saben ya, por qué no los despachas y te quedas con los por probar? Y la mía idea venía a la lengua, ensalivaba colmillos, labios, barbas: Los alimento y cuido para nuestro mañana. Pues este es un hecho hasta hoy, el día, que vienen al hogar estos cachorros, acuatizan en misla y yo los acojo, hecho bizarro questos, aunque no me plazcan, aunque provengan de autores que no visito pero que reconozco, encuentren morada aquí. Están aquí creciendo. Ganan tiempo en páginas marillas, ganan tajos, cicatriz, edad de robles. Algunos, los  más, alimentándome con sabia de otros, los mejores del planeta, antídotos de ciegos, sordos, mancos. Elegidos hay que toman estos pequeños y los llevan consigo, no tienen mi consentimiento pero así sucede y quizás ser así deba, como cuando la Gran Gata Blanca abandóname y regresa.

Aquí están todos los que quepan para quienes vendrán a quitarse el velo.

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