Las palabras de Blanca me encontraron. Fue como un jalón de orejas entre el aniversario de su muerte, el onomástico maternal y el comercial día. Al abrir la página 107 del número  perdido de la revista Libre cayeron de golpe los trozos del espejo, la corriente tibia de abuela limeña que recorría mi espalda cuando su voz en el teléfono, la casa de los cuerpos y el puerto magnífico que existe. Blanca responde, en la sección Debate, a propósito de La liberación de la mujer. Todo en ella es esa mujer que necesitamos y que tengo. Aquella que no está dispuesta a ser independiente y profesional sin dejar de ser madre sensual y pitonisa, aquella que construirá “un género moral” que pueda llamar verdaderamente suyo, aquella que entienda que no hay que ganar en el juego de los padres sino destruir su equívoco. Buen Cónsul piensa que esta es la única manera de salvar la humanidad y el planeta.

1. — ¿Qué contenido concreto da usted al con­cepto de emancipación femenina?

1. — El contenido que doy al concepto de eman­cipación es general, puesto que no puedo contemplar el problema, por principio, sino como alguien que por lo menos individual, íntima e intelectualmente ha accedido a considerarse un ser humano cabal y profundamente exigente con respecto a sus libertades y las ajenas.

2. — En su opinión, ¿cuál es la relación entre la lucha por la emancipación de la mujer y la lucha de clases? ¿Cree usted que la primera debe subordinarse a la segunda?

2. — Pienso que existe una relación de secto­res, ya que como he respondido anteriormen­te el problema de la emancipación femenina no me parece sino un aspecto, tan singular co­mo cualquier otro —el obrero, el campesino, el racial—, de un problema mayor que atañe al género humano. De esto puede deducirse que crea que la lucha por la emancipación femeni­na no tiene por qué subordinarse a la lucha de clases, sino que es un aspecto más de ella, y que en consecuencia debe integrarse, como un as­pecto tan importante como cualquier otro, en un programa total que contemple este tipo de reivindicaciones.

3. — Tomando en cuenta que el trabajo domés­tico es gratuito y sin valor de cambio, se podría considerar a las mujeres como una clase apar­te, fuera de las existentes. Esto supondría que la opresión patriarcal debe entenderse como contradicción principal y no secundaria. ¿Está usted de acuerdo con este análisis?

3. — Definitivamente en la práctica las muje­res constituyen una clase aparte, menos afortunada y menos atendida que cualquier otra, tradicionalmente situada en un limbo de desconsideraciones y mentiras; mentiras de cate­goría universal, mentiras históricas y filosóficas, que permiten la existencia de absurdos como la «opresión» patriarcal», entre otros. Pero que quede constancia que digo «en la práctica» y que insisto en no aceptar que el problema de la emancipación femenina se reduzca a un sim­ple debate de orden familiar y doméstico, ni tampoco a limitadas y débiles revueltas de ti­po «feminista». Y debo agregar que la «opresión patriarcal» me parece que constituye una contradicción principal no sólo en este caso. Pienso, por ejemplo, en la juventud y en la abo­minable educación que se le ofrece; pienso en los siervos de todo el mundo; pienso en los mismos hombres que se suponen liberados en las democracias y en otros sistemas, en el monstruoso mito de las ideas-padre (padre-es­tado, padre-iglesia, etc.) y en la gran farsa de la autoridad que se erige por la fuerza en pro de intereses personales o de grupo en cualquier plano.

4. — Se considera que el trabajo remunerado es alienante dadas las condiciones en las cuales se desarrolla en nuestras sociedades. A pe­sar de esto, ¿lo aconsejaría usted a las muje­res como medio de liberación?

4.  — Me parece que si las mujeres somos por tradición una inmensa clase no reconocida totalmente, un primer paso natural para consti­tuirse en una clase apta para reclamar derechos sería tratar de integrarse dentro del siste­ma; y si el sistema es pésimo es dentro de él que hay que cambiar las cosas.

Suena paradójico, pero en este caso la aliena­ción del trabajo remunerado constituye un escalón de base para reclamar cosas mayores. Las mujeres debemos trabajar, tratar de no ser dependientes en el plano material. Las otras con­quistas tendrán que venir por añadidura, por gravedad.

5. — ¿De qué manera contemplaría usted la lu­cha por la emancipación de la mujer: a) en el cuadro de una organización política y revolu­cionaria; b) exclusivamente en un movimiento femenino?

5. — Es evidente que en el cuadro de una or­ganización política y revolucionaria.

7. — En el proceso de la emancipación de la mujer, ¿le asigna usted un valor igual a la emancipación económica que a la emancipación sexual?

7. — La libertad de un individuo debe ser total. No pueden haber recortes ni zonas intocables. Si una mujer consigue emanciparse económica­mente su relación con el sexo opuesto tiene que variar. No será dependiente ni de un padre ni de un marido. Será, sí, dependiente de ella mis­ma, del género de moral que fabrique, de sus sentimientos y de sus instintos. Creo que será libre a la larga para comprometerse como me­jor le convenga y sienta en cualquier campo, el sexual también, y eso es asunto de cada in­dividuo.

8. — Considera usted que la familia es una tra­ba para la emancipación de la mujer?

8. — No debería serlo en absoluto, si hablá­ramos de una familia ideal, constituida por se­res libres y responsables. La maternidad no me parece una carga, sino por el contrario una forma de realizarse dentro del orden natural de las cosas. Si marido y mujer convienen en formar una familia sabiendo que eso implica una cierta dosis de esfuerzo extra de ambas partes, no veo por qué esto sería una traba ni para el hombre ni para la mujer. Me parece, más bien, que el problema trasciende a la pare­ja —que puede ser perfecta— para convertir­se en un problema social. Se tendrían que revisar muchas cosas: el matrimonio, el divorcio, la educación de los niños, las cunas materno-infantiles, los horarios de trabajo, etc. Ahora bien, si hablamos de la familia dentro del ac­tual estado de cosas, ciertamente no es una tra­ba sino una lápida, y tanto para la mujer como para el hombre.

9. — ¿Qué importancia concede usted al aborto libre entre los objetivos de la lucha femenina?

9. — Tiene una importancia capital. Todo ser humano debería tener derecho a decidir si quie­re o no tener hijos. Las razones que lo asistan pueden ser numerosas y diversas. En el caso particular de la mujer es más evidente esta ne­cesidad, puesto que es ella quien soporta el mayor peso —en todo sentido— de esa res­ponsabilidad. A la larga, el aborto libre sería una garantía en todo sentido para los niños que nacieran, que por lo menos vendrían al mundo con una categoría más digna de su especie: la de hijos deseados y no impuestos.

En Libre nº 4, París, Editions Libres, 1972.

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